Un paseo por Bas-Lag (II): La Cicatriz

Nunca segundas partes fueron buenas. Así lo dice Miguel de Cervantes en su monumental obra y a veces me pregunto qué pensaría el autor de El Quijote sobre este fenómeno de la fantasía moderna, donde cualquier saga que se respete debe contar, al menos, siete libros. No muy diferente de las novelas de caballería que tanto disfrutaba el hidalgo

Pero no es momento para hablar de eso. Tal vez en otro post.

Hoy se trata de continuar nuestro pequeño tour por el universo ficticio de Bas-Lag. Pero no hay que alarmarse, pues la llamada Trilogía de Bas-Lag solo tiene… Exactamente, esta serie de reseñas terminará pronto. Por otro lado, calificarla de  trilogía es bastante inexacto.

La Cicatriz, publicada en 2002, no sigue la línea argumental de su predecesora, o no lo hace de forma directa. Tampoco se desarrolla en Nueva Crobuzón. La tenebrosa metrópolis resulta demasiado familiar para quienes ya leyeron La estación de la calle Perdido. Miéville, quien se regodea en lo extraño y logra como pocos ese efecto de sentirnos pequeños ante el poderoso escenario de su narración, opta por el mar. Inmenso, profundo, oscuro y lleno de vida.

The Scar (foto portada)

La Cicatriz, publicada originalmente en 2002.

La Cicatriz consigue mostrar un mundo que se extiende más allá de Nueva Crobuzón. Las referencias a otras naciones, a la historia de Bas-Lag y sus extensos mares, tenían un propósito en la primera novela. Eran parte del decorado. En La Cicatriz se corre el velo de los ojos del lector. Es, ante todo, la historia de un viaje, de una búsqueda.

Los Espectrocéfalos llegaron desde el extremo oriental del universo. Pasaron junto a las esferas de roca que circulan por los cielos (otra clase de mundo, más evanescente que el nuestro, en la llanura infinita) y arribaron aquí, a una tierra tan apacible que debió de parecerles el paraíso: una interminable y apacible media mañana. Y cuyas leyes físicas no eran las que ellos conocían. Su naturaleza era debatible. Hay quien dice que cuando aterrizaron, la fuerza de su llegada fue tal que bastó para desencadenar el caos de la Torsión. Eso es una fábula. Pero su llegada sí que fue lo bastante violenta como para abrir en canal el mundo… la propia realidad.

La Cicatriz, China Miéville

Parece demasiada información a procesar, incluso para quienes ya conocen algo del extravagante mundo en que se desarrolla la novela. Para los que entran a Bas-Lag a través de las páginas de La Cicatriz, desconozco cuál será su experiencia. Sin embargo, la historia se plantea de un modo bastante simple.

Bellis Gelvino (Coldwine en el original) es una mujer que, por razones desconocidas, se ha convertido en fugitiva e intenta poner agua de por medio entre ella y su natal Nueva Crobuzón. Utilizando sus aptitudes como lingüista consigue pasaje a bordo de un barco que transporta una multitud de prisioneros rehechos y otros viajeros (más o menos voluntarios) hacia una colonia lejana. Travesía larga y penosa que nunca llega a concretarse. Interceptados por piratas, el destino de Bellis y los demás tripulantes se verá entremezclado con el de la ciudad Armada.

Si algo puede agradecerse en La Cicatriz, es que no hace falta leer más de doscientas páginas para saber que estamos ante una aventura. Una novela de piratas, ni más ni menos. Piratas a lo Miéville, claro está. Montados en dirigibles y barcos a vapor, armados con grotesca maquinaria. Hay mucho New Weird, ahora en un escenario menos agobiante pero igual de extraño. Las peripecias de nuestros personajes los llevarán a visitar un pueblo olvidado, invocar un gigante marino desde otra dimensión y todo con el propósito de encontrar La Cicatriz, una herida en tejido de la realidad.

¿Cómo se concilia el interés obsesivo por lo urbano del New Weird, con las historias de viajes y piratas? Parece una combinación impensable, pero ahí está Armada. Una ciudad flotante con miles de años de existencia. Con cada barco que se acopla a su heterogénea masa hay puentes y calles, edificios que se construyen encima de las cubiertas. Interesante, al menos en principio. Otras locaciones como la ciudad-arrecife de Salkrikaltor o Playa Maquinaria, en la isla de los hombres-mosquito, resaltan por su originalidad y llegan incluso a ser más pintorescas.

Lo más peculiar de Armada es la descripción de su funcionamiento y estructura. Hay varios distritos con sus gobernantes, leyes, idioma y un modelo de democracia criminal donde todos son iguales y todos deben aportar. Sin llegar al anarco-comunismo de la sociedad garuda y su furioso culto a la libertad, que se describe en La estación…, esta ciudad móvil resulta, a su manera, mucho más justa que Nueva Crobuzón.

China Mieville's City of Armada

China Mieville’s City of Armada (Ilustración de Benjamin Sjöberg )

Aun así, Bellis desea escapar. Se ve convertida en ciudadana de Armada en contra de su voluntad y, para lograr su propósito, se unirá al plan de Los Amantes, extraña pareja que dirige uno de los distritos de Armada. ¿Por qué desea escapar Bellis? Llegados a este punto, da igual. Hemos conocido a personajes mucho más interesantes y queremos saber en qué termina la búsqueda de Los Amantes. Bellis Gelvino cumple una importante función como hilo conductor de la historia, igual que la propia ciudad. Está en el lugar preciso, en el momento adecuado y tiene un currículum impecable como lingüista, pero resulta difícil empatizar con un personaje tan frío, cínico e insípido al mismo tiempo.

La perspectiva de esta mujer estirada de Nueva Crobuzón, en medio de todos los criminales y seres de diferentes razas, parece la más acertada. No obstante, se convierte en un instrumento de los entresijos argumentales y se nota. Otros personajes como el escurridizo Silas Fennec, que en un principio logran despertar interés, acaban corriendo un destino similar.

Resalta por encima del conjunto Uther Doul. Guerrero sin par, equipado con la Posible Espada, un arma capaz realizar todos los movimientos posibles en uno solo, basta con apretar el interruptor de su incomprensible mecanismo. Doul es, de lejos, el personaje más badass de toda la novela, una verdadera fuerza de la naturaleza y, por si fuera poco, filósofo y erudito. Cuando salga el primer videojuego arcade ambientado en Bas-Lag, me lo pido como personaje jugable. ¿Cómo personaje literario? Sus verdaderas intenciones permanecen en medio de una bruma durante toda la novela. Tanto misterio y ambigüedad lastran a Uther Doul, lo convierten en una simple fachada, tanto como el cinismo de Bellis.

Más atractivos resultan aquellos personajes que se mueven con mayor libertad a lo largo del relato. Tanner Sack, por ejemplo, sin ser más que un rehecho (con un castigo poco original, teniendo en cuenta el sadismo de las leyes de Nueva Crobuzón en cuanto a modificaciones corporales), carente de pasado y sin muchos talentos que destacar, encarna algunos de los conflictos medulares en el entramado social de este universo. Cuando Tanner Sack es liberado por los piratas, encuentra una oportunidad de iniciar una nueva vida. Ya no es un prisionero ni un marginado, quiere integrarse a esta sociedad pirata y a la vida en el mar, entonces se convierte en rehecho por segunda ocasión. Siguiendo su propia voluntad, su cuerpo es transformado para respirar bajo el agua.

La perspectiva del anfibio Tanner Sack es uno de los puntos de vista alternativos en la narración, aunque la mayor parte del tiempo no hay más remedio que seguir a Bellis. Aun así, los rehechos tienen mayor protagonismo en La Cicatriz. El romance de Shekel y la rehecha Angevine resulta igual de revelador, nuevamente tocando el tema de los tabúes y prejuicios en un mundo tan extraño como parecido al nuestro.

Pero La Cicatriz no ahonda más de lo estrictamente necesario en las dinámicas sociales de Armada, a pesar de todo el potencial que contiene. El grueso de la labor especulativa parece estar en la describir las leyes que rigen Bas-Lag. Ahora no se trata de la energía de Crisis, sino que hay otra fuente de poder ilimitado en lo que se da a llamar “minería de posibilidades” y que, afortunadamente, resulta menos abstrusa que lo que se describe en La estación de la calle Perdido. Ciencias inventadas, con un componente de magia y esoterismo, son el plato fuerte en estas narraciones. Discutible para algunos la utilidad de estos recursos, para otros fascinante. Si algo se puede decir con seguridad, es que se trata de un universo construido al detalle.

El worldbuilding (construcción de mundos) es esencial para quien se embarque en un proyecto de tales dimensiones y Miéville es un auténtico maestro. La Cicatriz ahorra al lector la molesta sensación de estarse moviendo del punto A al punto B, recorriendo un mapa bien dibujado y con nombres cuidadosamente escogidos. El mar que recorre Armada es avasallante, hay vida por doquier y es tan alienígena como cabía esperarse. Llena todos los espacios en la concepción del universo de Bas-Lag, no solo un mapa.

¿Es buena esta segunda parte? Me atrevería a decir que sí. Hay más de lo mismo, pero mucho más y también diferente. Original, impactante, más fácil de leer (es algo subjetivo, claro) y con un final muy Miéville. Los que ya leyeron La estación… podrán digerirlo sin mayores problemas. Es lo único que diré, para no arruinar la sorpresa.

En cuanto a esta segunda parte… Pueden dejar su opinión en los comentarios o escribirme directamente. Tan pronto como termine de leer El consejo de hierro, me comprometo a postear la tercera y última.

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