Un paseo por Bas-Lag (I): La estación de la calle Perdido

Hace unos meses, mientras leía La estación de la calle Perdido, del británico China Miéville, sentí el impulso de comentarle a alguien mis impresiones sobre esta novela y el abigarrado universo de Bas-Lag, que comparte con La Cicatriz y El consejo de hierro, obras posteriores del mismo autor. No tuve mucha suerte encontrando oyentes y puede que la culpa fuera solo mía.

Bastaba con hablarles de una historia que se desarrolla en este mundo donde ciencia y magia se hallan entremezcladas y los seres humanos (o su versión en Bas-Lag) conviven con decenas de otras razas inteligentes y a cual más bizarra, todo ello en el escenario de una industrializada mega-urbe con tecnología a vapor, robótica y hasta inteligencias artificiales que coinciden para mayor confusión del pobre lector… Lo único que conseguía era reforzar en los demás la idea de que solamente me gusta leer cosas raras.

Trataré entonces de hacerlo mejor.

¿Qué más se puede decir de esta novela?

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Publicada en 2000.

La estación… se ubica dentro de lo que se ha dado a conocer como New Weird, una tendencia relativamente actual que rescata elementos de la literatura fantástica pulp de los años veinte del pasado siglo y gusta de las ambientaciones exóticas. Aunque no renuncie a algunos aspectos de la fantasía tradicional (tampoco se puede decir que el New Weird invente nada nuevo), el marcado interés por lo urbano en obras de este tipo pretende distanciarlas de un modo de hacer literatura fantástica que se había entronizado con el éxito de J. R. R. Tolkien  y otros autores en la misma cuerda. Se trata de una narrativa que busca ser novedosa (para vender más o cual sea la razón, igual se agradece) y también rara a consciencia.

Me siento reducido, compelido a adorar esa extraordinaria presencia parida en el encuentro de dos ríos. Es la vasta contaminación, es hedor, es un claxon chillando. Gruesas chimeneas vomitan polvo hacia el cielo, aun a esta hora de la noche. No es la corriente la que nos arrastra hacia la ciudad, sino su peso. Débiles gritos, las llamadas de la bestia aquí y allá, el martilleo obsceno de las grandes máquinas fabriles. Las vías férreas recorren la anatomía urbana como venas prominentes. Ladrillo rojo y paredes oscuras, iglesias achaparradas y cavernícolas, toldos rasgados batidos por el viento, laberintos empedrados en la zona vieja, callejones sin salida, alcantarillas surcando la tierra como sepulcros seculares, un nuevo paisaje de desperdicio, piedra machacada, bibliotecas ahítas de libros olvidados, viejos hospitales, torres, barcos y garras metálicas que alzan los cargamentos del agua.

La estación de la calle Perdido. China Miéville

Nueva Crobuzón se presenta desde las primeras páginas, vista por los ojos de un desconcertado viajero. No hay mejor forma de que el lector conozca al verdadero protagonista de la novela: la ciudad misma. De la cópula entre lo ajeno y lo familiar nacen su arquitectura, su historia y la heterogénea sociedad que en ella habita.

No importa si son humanos, mujeres kephri con cabezas de insecto, hombres-pájaro, cactos humanoides o anfibios vodyanoi. Todos luchan por adaptarse y sobrevivir. La ciudad les roba su identidad, los transforma y obliga a convivir con una multitud de extraños, al tiempo que ellos moldean la ciudad. Hay un Parlamento despótico que gobierna sobre la ciudad-estado apoyándose en su milicia  y una vasta red de informantes. Las leyes castigan de forma desproporcionada cualquier delito y se ejecutan sobre una mesa de operaciones, convirtiendo al condenado en un rehecho. Hay una clase obrera descontenta, un submundo criminal, círculos de intelectuales y científicos. Más de una similitud puede encontrarse con el Londres de la época victoriana. También alguna que otra referencia a las miserias y desmanes que derivan del más furioso e industrializado capitalismo. Bueno, Miéville es inglés y profesa una ideología marxista que de cierta forma ha permeado la concepción de este universo ficticio.

Sin embargo, aquellos que acudan a La estación… en busca de profundas reflexiones sobre el ser humano y simbolismos encerrados detrás de tanta rareza, podrían verse decepcionados. Es mejor leer la novela como un puro y duro ejercicio de la imaginación. Con un lenguaje pródigo en detalles, Miéville crea una atmósfera que debe mucho a los clásicos de la literatura de horror. Este constituye, a grandes rasgos, su principal atractivo. La influencia de autores como Howard Philips Lovecraft (con menos adjetivos y más obsesión por la dinámica urbana) justifica la capacidad de este libro para envolver al lector, y también para cansarlo un poco en determinados pasajes.

Lo segundo a destacar son los personajes. Difícil era esperar personajes más sólidos sobre semejante andamiaje, pero Miéville sale airoso regalándonos un conjunto de lo más interesante y que convierte lo que parece el mundo de un juego de rol, en algo mucho más digno de tomarse en serio (y me perdonan los amantes de los juegos de rol).

Isaac Dan der Grimnebulin, un científico humano con ideas demasiado radicales incluso para un lugar como Nueva Crobuzón, sostiene una relación amorosa con la kephri Lin, una xeniana(no humana) que reniega de su propia raza y defiende su individualidad como artista. Esta unión va contra todas las normas no escritas de la sociedad, multirracial pero prejuiciosa al mismo tiempo. Como si la vida de ambos no fuera ya complicada, aparece Yagharek. Al garuda (hombre-pájaro) le han arrancado las alas y desea volver a volar. Un pedido en apariencia imposible, pero el forastero paga bien y Grimnebulin tiene una teoría sobre algo llamado “energía de crisis”, capaz de alterar las frágiles leyes de su extraño mundo. Se desencadena entonces una serie de eventos que resultan en la liberación de una terrible amenaza sobre la ciudad y nuestros ¿héroes? atrapados entre dos fuegos, perseguidos por el Parlamento y los hombres del mafioso Motley.

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Un garuda y una kephri en Nueva Crobuzón. Ilustración de Marc Simonetti.

Eso nos lleva al apartado argumental. Si bien la trama es de lenta cocción y requiere del lector un poco de paciencia antes de entrar de lleno a las peripecias, tampoco decepciona. Llegado el momento habrá acción hasta para los más exigentes. Los diversos hilos argumentales y puntos de vista que se conjugan a lo largo de la obra permiten al lector navegar por este complejo universo, y la mayor parte del tiempo se navega sin problemas. En otros puntos, la misma complejidad juega en contra y Miéville acude a recursos un tanto cuestionables.

Ejemplo de esto puede ser La Tejedora y su función de Deus Ex Machina. Esta especie de araña inter-dimensional cuya forma de pensar resulta incomprensible y es también una criatura casi omnipotente, se convierte en uno de los poco confiables aliados de Grimnebulin y su grupo. Ve el mundo de estos como una obra de arte en movimiento y su criterio para intervenir en sus destinos depende de un retorcido gusto estético y, por supuesto, de la conveniencia del autor. Es, no obstante, una de las salidas más elegantes a muchas de las encrucijadas del argumento, si se tiene en cuenta la labor titánica que constituye dar coherencia a todas las variables que integran la novela. Otras salidas resultan más evidentes y no tan limpias, pero al final no quedan cabos sueltos. La novela funciona, más que bien me atrevería a decir.

El desenlace puede parecer decepcionante para algunos lectores, y hablo desde mi experiencia, pero se trata en gran medida de malos hábitos que nos ha legado la fantasía más tradicional. En La estación… no parece haber un camino del héroe y las aventuras carecen del matiz épico que solemos encontrar en otras obras del género. No hay redención ni happy endings. Estos personajes forman parte de algo superior a ellos, pero ese algo es simplemente la ciudad de Nueva Crobuzón. Sucia, alienígena, ruidosa y vulgar. No se preocupa por ellos, de la misma forma que ellos solo intentan sobrevivir cuando se enfrentan a la plaga de pesadillas que se cierne sobre la ciudad.

Espectacular introducción para este universo cimentado sobre sus propias contradicciones. En la oscura energía de crisis, o la obsesión del villano Motley por encontrar el “punto donde una cosa se torna otra”, o la estación de la calle Perdido, a la que van a parar todas las líneas férreas de Nueva Crobuzón, puede estar la clave para entender la novela. Pero no se trata de entender (eso prefiero dejarlo a los explicadores de libros, si existe tal oficio), se trata de disfrutar de un banquete para la imaginación y descubrir que en materia de literatura fantástica no se ha dicho aún la última palabra, que las posibilidades son infinitas cuando de contar una historia se trata.

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4 comentarios en “Un paseo por Bas-Lag (I): La estación de la calle Perdido

    • Hola, Roger.
      Creo que deberías darle una oportunidad, la novela se toma su tiempo para dar forma al escenario e ir tejiendo la intriga, pero cuando comienza la acción es una aventura fantástica con todas las de la ley. En cuanto al lenguaje, se mantiene así en toda la novela pero es un gusto adquirido. Es verdad que a veces cansa, pero la mayor parte del tiempo es muy visual y pasé muy buenos ratos leyéndola.
      Gracias por tu comentario!

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  1. Hola Alexy, acabo de leer tu artículo y solo ha reforzado mi intención de leer las obras de China Meville, las cuales tengo en cola desde hace tiempo, porque desde que las descubrí husmeando en las entrañas de mi bibilioteca digital me llamaron la atención. Supongo que al final te daré mis impresiones una vez que la lea. Un abrazo y seguimos en contacto.

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    • Pues, como decimos los cubanos, dale sin susto. Por lo menos La estación… y La Cicatriz valen la pena.
      Todavía me falta el Consejo de Hierro, cuando lo lea voy a postear la tercera reseña, así que no dejes de visitar el blog, o suscribirte si te es más cómodo.
      De igual forma, no dejes de comentarme tus impresiones como lector de Miéville. Es uno de los motivos por los que escribo estas reseñas.
      Un abrazo para tí también.

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